Me quedé parado detrás del sofá, mirando la pantalla. La cámara de la transmisión internacional hacía un paneo lento por las gradas de un estadio al otro lado del continente. Era un mar absoluto de camisetas amarillas. Caras pintadas, banderas en las manos, gente abrazada a desconocidos. Y entonces, por los parlantes del estadio, sonaron los primeros acordes del himno nacional.
Hay que tener las venas congeladas para no sentir cómo se te eriza la piel cuando miles de voces cantan al unísono, a miles de kilómetros de casa. En esa fracción de tiempo, justo antes de que el árbitro dé el pitazo inicial, todos somos uno solo. No importa de qué barrio vienes, cuánto ganas, o qué problema dejaste sin resolver sobre el escritorio el viernes por la tarde. En ese minuto exacto, Ecuador es el centro absoluto de nuestro universo.
Leía los mensajes en redes sociales mientras rodaba la pelota. "Estar aquí no tiene precio", escribía alguien desde la tribuna. "No se imaginan lo que es cantar el himno con esta marea humana", ponía otro. "Qué orgullo tan grande ser de esta tierra". Y les creo. Es una experiencia de esas que te marcan a fuego. Te sientes parte de una tribu enorme, vibrante y poderosa.
Empezó el partido. Sufrimos, gritamos, saltamos, nos agarramos la cabeza. Y al final, como a veces pasa en el fútbol y en la vida, perdimos. El árbitro pitó el final y el estadio en la televisión pareció silenciarse de golpe, como si alguien hubiera desconectado un cable gigante. Se apagó la tele. El silencio en la casa se volvió pesado. Me quedé mirando el reflejo oscuro de la pantalla apagada.
Pero lo que me dejó pensando el resto del fin de semana no fue la derrota. La pelota a veces entra y a veces pega en el palo, eso se entiende. Lo que me dejó una especie de resaca emocional fue notar lo rápido que se nos escurre la patria entre los dedos cuando se acaba el evento.
La fecha de caducidad de nuestra identidad
Llegó el lunes por la mañana. El cielo estaba de ese azul denso y frío que te despierta de golpe. En la avenida, la misma gente que el domingo abrazaba a otros en los restaurantes, la misma que lloraba por los colores de la bandera, volvía a ser la turba impaciente de siempre.
Vi bocinazos furiosos en una esquina, un carro metiéndose a la brava en el carril sin poner direccionales, el ceño fruncido generalizado en las paradas de bus, la intolerancia a flor de piel. La fiebre había pasado por completo. La camiseta amarilla estaba en el cesto de la ropa sucia, esperando el próximo partido para volver a tener algún tipo de valor.
Y me pregunté, ¿por qué necesitamos una excusa tan específica, un evento tan coreografiado, para acordarnos de que somos de aquí?
Parece que hemos condicionado nuestro amor propio colectivo a un calendario deportivo. O a una tragedia natural, que suele ser el otro único momento en el que de verdad nos unimos sin hacer preguntas. Pero en el intermedio, en la normalidad del día a día, sufrimos de una amnesia curiosa. Tratamos al país como si fuera una sala de espera en la que nos tocó sentarnos por accidente, quejándonos del ruido, de las sillas, de los otros que esperan con nosotros.
El país de los martes a las tres de la tarde
Es muy fácil, casi automático, sentir orgullo cuando las luces del estadio mundialista están encendidas y las cámaras te enfocan. El patriotismo de graderío es embriagador porque es, en esencia, un espectáculo. Requiere mucha pasión, pero no requiere trabajo. Es un pico de adrenalina que no te exige nada más que gritar.
Lo verdaderamente complejo es querer al país un martes a las tres de la tarde. Cuando no hay himno sonando por los parlantes, sino el ruido de una ciudad que a ratos parece que nos mastica vivos. Cuando las noticias en la radio no hablan de goles de chilena, sino de los problemas estructurales de siempre, de la inseguridad, de la incertidumbre.
A veces pienso que estamos buscando la grandeza en el lugar y en el momento equivocado. Esperamos que once tipos corriendo detrás de una pelota en una cancha de césped perfecto validen nuestra identidad ante el mundo, para entonces nosotros poder sentirnos dignos. Queremos exportar una imagen de pasión desbordante por 90 minutos ante los ojos del planeta, pero a nivel doméstico, en la vereda de nuestra propia casa, nos cuesta dar los buenos días al vecino.
El orgullo real no debería necesitar una entrada de estadio ni un boleto de avión al extranjero. No tendría que activarse solo cuando estamos fuera, mirando a la distancia, sintiendo esa nostalgia tramposa que da la lejanía. La nostalgia siempre edita los recuerdos; borra los baches de la calle, olvida el tráfico y solo te deja el recuerdo del olor a la comida de tu madre.
Lo que queda cuando se apagan las luces
No me malinterpreten. Me gusta el fútbol. Me encanta el ritual previo, la esperanza irracional que te da un tiro de esquina en el minuto ochenta y nueve. Voy a seguir gritando los goles hasta quedarme sin voz. Y si algún día tengo la suerte de estar parado en esa grada mundialista, seguramente también se me llenarán los ojos de lágrimas al escuchar la trompeta del inicio del himno.
Pero me niego a aceptar que ese sea nuestro pico máximo como sociedad. Me niego a creer que nuestra reserva de empatía, de unidad y de amor por lo nuestro tenga la duración exacta de un partido de fútbol, y que se agote cuando el árbitro mira su reloj y decreta el final.
Tenemos un territorio que es un privilegio geográfico absoluto. Tenemos una cultura inmensa que resiste todos los días en la forma en que cocinamos, en cómo nos reímos de nuestras propias desgracias, en la resiliencia terca del que levanta la lanfor de su negocio a las seis de la mañana llueva o truene. Esa es la verdadera selección.
Quizás el verdadero partido se juega hoy, sin cámaras. Se juega en cómo tratamos la ciudad que habitamos. En cómo hacemos nuestro trabajo cuando nadie nos está aplaudiendo. En entender que el que va manejando el otro carro, el que te atiende en la panadería, el que camina a tu lado apurado, es el mismo compatriota con el que te abrazarías hasta llorar si estuvieran juntos en un bar extranjero viendo rodar una pelota.
El próximo partido nos volveremos a poner la camiseta. Ojalá ganemos. Pero sobre todo, ojalá aprendamos a no quitarnos el país de encima cuando nos la sacamos para irnos a dormir.
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